Una de las razones por las que dejé de escribir.
El año pasado comencé a trabajar en un centro un tanto conflictivo, cambié de ciudad y cambié de sector laboral. Todo esto me provocó una serie de sentimientos encontrados. ¿Tenía que aplicar una cierta disciplina como la que había visto en casa cuando yo me considero una persona asertiva y negociadora? ¿Quién era esa persona que se imponía entre voces y gritos? ¿Iba a dejar la Arquitectura? ¿Iba a estar lejos de mis amigos o contactos con ella? ¿Quién se estaba metiendo en esa nueva vida? Tuve una serie de conflictos pero encontré unas personas maravillosas que supieron contagiarme sonrisas así que no fue del todo negativo. Lo malo es que si escribía por aquí no quería fomentar prejuicios si tenía un mal día, o pecar de “esa joven e inocente funcionaria en prácticas que aún no sabe que todo lo que ha leído en las leyes es una utopía”. En realidad nunca pensé que mis clases iban a ser como las de las películas, o las que yo tuve de pequeña, nunca me creé expectativas, ¿por qué no ir viendo cómo iba saliendo y encaminarla a que el máximo de niños aprendieran? Parecía muy simple y además reconozco que me daba vergüenza emocionarme. No estaba en un centro para ello.
Es como cuando miraba el fuego en la casita de campo de Arturo un día con unos amigos. Me pareció infantil expresar mi entusiasmo de la primera vez que tenía un encuentro así.
Una de las razones por las que me apetecería volver.
Todo el mundo se ha juntado tantas veces frente al fuego que se han olvidado de la ilusión de la primera vez. ¿Y si me escribo esa sensación para recordármela cuando dentro de mil experiencias esté más interesada en otras cosas? Podría estar quejándome, o dolorida o “quemada”. Podría decir que los niños son malos, que las generaciones cada vez son peores, que no hay que hacer guetos, que la política tiene la culpa de todos los problemas, que… considero necesaria a esa “joven e inocente funcionaria en prácticas utópica que algún día quise enterrar” para sacar juegos, ayudas para educar (aunque no sea nuestra obligación) y patrones para vivir que transmitir. Buscar esa razón que te puede levantar de la cama y contribuir a la formación de personas optimistas y plenas.
Quiero terminar con una anécdota del año pasado.
Espe, mi compañera más joven que vino de interina unos meses es maravillosa. Nos picábamos juntas y me iba a su clase en una hora que tenía libre para jugar con los niños (todavía me río con aquello del águila imperial pequeñita de Josué). Recuerdo que hasta hizo un diccionario gitano en una cartulina ¡y no veas las vueltas que dio por el instituto!. Como ella también es nueva nos hinchábamos a hablar del instituto, es algo habitual y un día de esos que nos líabamos por la ciudad hicimos una apuesta. Dijimos que cada vez que alguien mencionara algún alumno/alumna tenía que poner 1 euro en un bote y quien nombrara a un alumno en concreto se lo llevaría todo: No es un centro donde era fácil desconectar. El último día invitamos a todo el insituto a desayunar churros y pintamos con henna a todos los niños. Eran muy graciosos porque todos se querían tatuar el nombre de sus abuelos, sus padres, sus hermanos…
Lo malo es que tenían nombres muy largos.

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