Once

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Una de las razones por las que dejé de escribir.

El año pasado comencé a trabajar en un centro un tanto conflictivo, cambié de ciudad y cambié de sector laboral. Todo esto me provocó una serie de sentimientos encontrados. ¿Tenía que aplicar una cierta disciplina como la que había visto en casa cuando yo me considero una persona asertiva y negociadora? ¿Quién era esa persona que se imponía entre voces y gritos? ¿Iba a dejar la Arquitectura? ¿Iba a estar lejos de mis amigos o contactos con ella? ¿Quién se estaba metiendo en esa nueva vida? Tuve una serie de conflictos pero encontré unas personas maravillosas que supieron contagiarme sonrisas así que no fue del todo negativo. Lo malo es que si escribía por aquí no quería fomentar prejuicios si tenía un mal día, o pecar de “esa joven e inocente funcionaria en prácticas que aún no sabe que todo lo que ha leído en las leyes es una utopía”. En realidad nunca pensé que mis clases iban a ser como las de las películas, o las que yo tuve de pequeña, nunca me creé expectativas, ¿por qué no ir viendo cómo iba saliendo y encaminarla a que el máximo de niños aprendieran? Parecía muy simple y además reconozco que me daba vergüenza emocionarme. No estaba en un centro para ello.

Es como cuando miraba el fuego en la casita de campo de Arturo un día con unos amigos. Me pareció infantil expresar mi entusiasmo de la primera vez que tenía un encuentro así.

Una de las razones por las que me apetecería volver.

Todo el mundo se ha juntado tantas veces frente al fuego que se han olvidado de la ilusión de la primera vez. ¿Y si me escribo esa sensación para recordármela cuando dentro de mil experiencias esté más interesada en otras cosas? Podría estar quejándome, o dolorida o “quemada”. Podría decir que los niños son malos, que las generaciones cada vez son peores, que no hay que hacer guetos, que la política tiene la culpa de todos los problemas, que… considero necesaria a esa “joven e inocente funcionaria en prácticas utópica que algún día quise enterrar” para sacar juegos, ayudas para educar (aunque no sea nuestra obligación) y patrones para vivir que transmitir. Buscar esa razón que te puede levantar de la cama y contribuir a la formación de personas optimistas y plenas.

Quiero terminar con una anécdota del año pasado.

Espe, mi compañera más joven que vino de interina unos meses es maravillosa. Nos picábamos juntas y me iba a su clase en una hora que tenía libre para jugar con los niños (todavía me río con aquello del águila imperial pequeñita de Josué). Recuerdo que hasta hizo un diccionario gitano en una cartulina ¡y no veas las vueltas que dio por el instituto!. Como ella también es nueva nos hinchábamos a hablar del instituto, es algo habitual y un día de esos que nos líabamos por la ciudad hicimos una apuesta. Dijimos que cada vez que alguien mencionara algún alumno/alumna tenía que poner 1 euro en un bote y quien nombrara a un alumno en concreto se lo llevaría todo: No es un centro donde era fácil desconectar. El último día invitamos a todo el insituto a desayunar churros y pintamos con henna a todos los niños. Eran muy graciosos porque todos se querían tatuar el nombre de sus abuelos, sus padres, sus hermanos…

Lo malo es que tenían nombres muy largos.

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Es curioso,

cuando en la playa intento meterme en el agua tardo una eternidad: en la orilla meto los pies y me quedo media hora hasta que el último centímetro de mi piel se ha puesto de punta y entonces avanzo un paso. Me vuelvo a quedar un ratito mientras miro mal al inoportuno niñito que entra como un pato salpicándome y doy otro paso (más pequeño que el anterior). Recuerdo que una tirita de golpe es mejor que ir quitándola despacio pero me miento con que no es lo mismo, vuelvo a dar otro paso para subir un centímetro más el nivel del agua en mi cuerpo. Sufro con su temperatura a cada ola, medio enfadada por imponer un ritmo diferente al mío. En mi lucha miro al infinito como si eso de bañarme no estuviera en mis planes y no me estoy muriendo de calor y así no tardar más que ese abuelillo que ya chapotea burlón. Entonces me digo que a la de tres me meto. A la de tres y medio mejor. Qué tontería, ni que fuese una niña…

Cuando levanto la vista aún no ha llegado el frío al pecho y he perdido todo el día en la orilla a medias entre cualquier sitio.

Curioso, todo lo hago igual.

2:53

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And it rips through the silence of our camp at night
And it rips through the silence, all that is left is all that I hide

Sin título

2,82 Gb en imágenes.

=?

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Aquí en Linares hay una cafetería donde ponen un pastel especial: MUERTE POR CHOCOLATE.

Y el tema es que yo me relamo, me froto las manos y lo pido con un poquito de helado y mi café tricolor (ese con leche condensada y nata que tan bien conoce Miguel Angel). Me suspiro pensando en aquel juego que hacía ese niño con la vecina: hacían tartas para la gente que se lo merecía: su familia, el cartero moreno con ojos brillantes…

Cuando me sirven el pastel me pierdo: ya no puedo seguir la conversación, no recuerdo lo que me ha hecho levantarme esa mañana, de lo que hice ayer para quedarme hoy afónica… tan sólo puedo coger el tenedor con fuerza.

Lo agarro como apretaba el volante cuando salí a carretera por primera vez y atravieso despacio el pastel con él muy despacio. Como si se tratase de una operación delicadísima me lo aproximo a la boca y ahí es donde entra en juego la palabra “fruición”. Esta palabra me la enseñó Paco hace tiempo junto con “hendir”. Me dejo flotar y mecer en la duermevela que me produce en la boca y suelto un suspiro.

Últimamente me planteo si el amor se trata de estas ansiedades por saborear delicias o si se trata de la certeza de que no habrá una falta de ilusión  en un viaje en coche hasta el fin del mundo… Quizás esté en ese acuerdo niño-anciana por dejar pasteles en la ventana a la espera de que llegue el cartero para disfrutarlo con él.

Odio pedir destino y echarle la culpa.

Los gnomos existen

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(ojo: comienzo a odiar aquellos chistes y comentarios que alimentan prejuicios, diferencias y marginalidades. Abajo los muros a la integración y abajo a aquello de “son ellos los que no quieren integrarse”)

Supe al entrar que no podía cambiar el mundo, lo que no sabía es que este mundo iba a cambiarme a mí.

Mis niños y niñas son extremadamente supersticiosos y religiosos. A veces una cosa casa con la otra…

Por un lado siempre he respetado mucho la libertad de pensamiento. Decidí ser neutra desde el principio, plantear las ideas y no pelearme con creencias más allá de plantear reflexiones: “cariño, puedes ser creacionista o evolucionista una cosa implica…. y la otra…”.

La última vez que estuve viendo a la profesora de religión con los alumnos me planteé la libertad de religión en los institutos cuando dijo que la existencia de Dios (que no es lo mismo que la de Jesucristo por mucha Trinidad que tiente a las Matemáticas) estaba demostrada… entre otras cosas porque Eisntein creía (y punto).

Pero lo más extremo es cuando no es la religión católica la que juega sino el pastor a donde asisten cada tarde en lugar de ir a aquel espacio habilitado y gratis donde hay clases particulares donde pueden hacer tareas y estudiar la evolución del ser humano. Pero no, volvemos a Adán y Eva, al creacionismo y a meter en el saco del diablo todo aquello que se aleje del barrio.

- Maestra maestra, ¿y tú cómo puedes explicar que un día de verano de esos de mucho calor, sin haber nadie en un edificio en obras se rompieron todos los cristales de las ventanas de la última planta? es que ya lo dice el pastor: si existe el bien, es que existe el mal. El diablo vuelve a hacer de las suyas.

y yo respiro, recuerdo a Sierra cuando no respetó las juntas de dilatación, recuerdo que a los 16 años esa chiquilla se va del instituto y seguirá inflando estas creencias y metiendo a sus críos en las “verdades demostradas” del pastor y entonces nosotros/as, viejas descarriadas, por mucho que intentemos hacer el bien, evitar marginalidades y dar dinero para bocadillo tan sólo alimentamos la creencia de que si existimos, también existe el mal (si es que no lo somos ya).