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Me levanto temprano aunque sea sábado.
Cuando tú te despiertas no puedes evitar sonreir al escuchar esa melodía de bar y gente de fondo de tu movil. Siempre tienes la costumbre de esperar a que suene un par de veces las voces antes de apagarlo… pero eso yo no lo sé.
Me levanto muy muy temprano: he quedado contigo para desayunar.
Cuando te despiertas sueles hacer un gran tazón de cereales, como cuando eras pequeño… pero eso yo no lo sé.
Cojo lo que he preparado para hoy (nos alejamos cuando empecé a ser ordenada): mi cuaderno, un libro que me prestaste (no he cambiado eso de devolver las cosas años después…), un par de cds de música para dejarte (mis nuevos “temazos”), la cámara de fotos y la mejor de mis sonrisas. Estoy lista.
Cuando vas a trabajar no desayunas en casa. Esperas a un laaaaaargooo café solo con hielo frente al ordenador. Así, con una banda sonora especialmente elegida, te comes el mundo.
Me he puesto mis pantalones azules del cumpleaños de Lola, la camiseta de tirantes de las letras blancas, una cinta en el pelo que lo tengo aún más corto…
Hoy tú te levantas tarde: te he llamado, he dicho que voy corriendo y desayunamos juntos. Estás un poco más lejos que diez minutos, pero no lo suficiente.
Cojo la bicicleta, dirección aeropuerto, cojo mi libro y el avión.
Quizás estás teniendo un buen sueño, aquí aún no ha amanecido.
Estoy a un par de horas de tu cama. Cambiaste de nuevo de ciudad, otra vez, disfrutaré recorriendo tus lugares favoritos, descubriremos juntos parte de los rinconcitos escondidos…
Disfruto mi duermevela porque es sábado y no es tarde. Nunca será tarde.
No tiene precio ese desayuno, porque lo que pase tras él… eso yo no lo sé.


